Un planeta interestelar llamado Melancolía se acerca poco a poco a la tierra y amenaza con engullirla. Claire y Justine son dos hermanas que viven en una opulenta villa solitaria con el pequeño Leo, hijo de la primera y de Jonh. Este último se suicida cobardemente ante la inminente fatalidad cercana. Claire intenta alentar una huida como salvación; Justine, cómplice con la ingenuidad del niño, sin embargo, los retiene y con unos palos recogidos en el bosque construye un refugio mágico, una sencilla cabaña imaginaria, como única y posible salvación.  Estoy hablando de Melancolía la penúltima película del danés Lars Von Trier. La historia que cuenta supone un canto profundo y doloroso en torno a la fugacidad de la vida, un grito desesperado ante una humanidad perdida e incapaz de resolver sus problemas y todo ello envuelto con la apoteosis wagneriana de la obertura de Tristan e Isolda. Un final absoluto, totalizador,definitivo, escrito para un mundo que  por aquel entonces -hace tan solo un par de años-  hablaba sin cesar de la inminente llegada del fin del mundo, algo que, según unos  cálculos poco científicos basados en un calendario maya del que todo el mundo hablaba y nadie conocía, se produciría  a final del año siguiente, el 21 de diciembre de 2012.  Una vez más, las predicciones milenaristas fallaron y el mundo resistió el envite de una  amenaza que el mismo ser humano de nuevo había fabulado contra sí mismo como tantas otras veces el desarrollo de su historia.

 

Una cabaña similar a la de la película, realizada con varas y con forma cónica, aparece representada en una de las imágenes fotográficas del trabajo Lo Vulnerable de Lola Guerrera (Córdoba, 1982). Ahora no es un campo ni parece que vaya a estallar la tierra contra un nuevo astro. La cabaña primitiva aparece sobre las sábanas de una cama desecha y no puedo evitar pensar en esa película y entender de nuevo esta estructura como un elemento de salvación.  La cama nos habla del descanso, pero también del amor y la seguridad. Sin embargo ni su blancura ni su ubicación en una estancia luminosa, racional y  familiar pueden detener la base en la que se sustenta el tiempo. Si bien no es inminente el fin, todo tiende irremediablemente hacia él y esa construcción surge para detenerlo de nuevo. Esa es nuestra construcción hacia lo irremediable, esa es la salida ante lo que no cesa de deslizarse hacia un definitivo desenlace. La cabaña es la estancia de la magia, la cabaña de un cuento protector, el espacio de la ficción, el lugar del sueño y en definitiva el lugar del arte. 

 

Más de mil años atrás, contaban la historia de un rey engañado por su esposa; para vengarse de ella y del mundo, y de las mujeres en particular, cada noche en su lecho hacía pasar a una muchacha virgen a la que tras violarla hacía matar. Cada noche una joven indefensa y así durante años hasta que fue difícil encontrar una nueva mujer con esas características. La hija de uno de sus visires accedió a pasar la noche con él y fue capaz de construir en su lecho una cabaña como la de la fotografía, como la de la película, una cabaña imaginaria que la protegía a base de historias que encandilaban al monarca hasta hacerle desistir de su crimen diario pues, en el proceso de la narración, el sueño aguardaba y quería escuchar su desenlace al día siguiente. Así una y otra noche, hasta mil y una noches en las que la belleza de la ficción fue capaz de detener el tiempo y incluso finalmente variar los designios del mismo. Sherezade se llamaba ella y sus historias recopiladas dieron pie a lo que es uno de los libros esenciales de la humanidad. 

 

Una y otra vez, el ser humano, en el momento que se detiene en su mundo, topa irremediablemente con el tiempo y su fugacidad, Una y otra vez todo dice de una manera inexorable que no hay salida y que lo efímero de todo es la base de la vida que le corresponde vivir desde la persistencia de su presente activo. Ante lo evidente unos huyen como Claire intentaba hacer en la película inútilmente. Otros se anulan y desisten como hizo su marido. Sin embargo otros, desde la sabiduría que infunde el propio sentimiento de melancolía por la vida, construyen espacios de salvación donde son capaces de arrastrar a los demás, máxime cuando para ello cuentan con la complicidad de la mente lúcida de un niño que aún cree en muchas más cosas de las que el mundo racional le ofrece. Ese sentimiento, esa acción contra todo pronóstico, es lo que da sentido a eso que llamaos arte y que no es otra cosa que una constante búsqueda de una nueva salida desde una perspectiva opuesta a la empírica en la que se sustenta todo nuestro mundo.

 

Hablar de Lo Vulnerable es hablar del todo, de lo único que nosotros somos capaces de percibir y vivir, de lo absoluto. Hablar de lo vulnerable es hablar de la vida pues es su norma interna primordial en la que se desarrolla entre sus únicas coordenadas perceptibles: el espacio y el tiempo. Todo fluye ,y todo fluye incluso más deprisa cuando una persona es consciente de que alberga una vida nueva, un hijo, que en breve se incorporará a este mismo mundo. Pensar en la fugacidad de todo, en el paso del tiempo, en su vulnerabilidad absoluta desde ese estado biológico y psíquico, sin duda adquiere un sentido mucho más trascendental que el que pueda tener desde otra posición más convencional. Sentirse que eres vida y al mismo tiempo pensar que la vida es incontestablemente muerte y desde aquí gritar la única pregunta esencial que flota en nuestra conciencia tanto individual como colectiva, la única cuestión clave siempre sin respuesta y que en su resolución improbable mantiene a la humanidad en pié: ¿para qué?

 

Si hacemos un repaso por la obra de Lola Guerrera descubrimos que esta preocupación por lo fugaz y por el tiempo no es algo casual de este momento. En cada una de las series desarrolladas por la artista se percibe esa problemática universal desarrollada de diferente manera. En principio, en la serie "Nebula Humulis" (… ) vemos como unos paisajes naturales, en los que hay  un humo de diferente color en cada una de las imágenes, es detenido por la fotografía. Pensamos en el porqué de ese color y volvemos de nuevo a la cabaña. Se trata de la magia de los elementos alterados en su comportamiento dispuestos ahora para producir sorpresa y generar una nueva puerta de entendimiento de lo ya dado. La complicidad con la fotografía en este caso es perfecta y como lo inmediato, fugaz y sutil es capaz de coexistir en algo que nos descoloca y que de nuevo nos deja lleno de interrogaciones. Más adelante con "Delicias en mi jardín" (…..) la autora nos sitúa de nuevo en un escenario natural y desde donde de nuevo juega con lo fotográfico, pero en este caso deconstruyendo la instantaneidad y sensación de fugacidad y para ello hace de nuevo un guiño a la magia. Ante nuestros ojos vemos como una bandada de extraños entes de papel invaden una paraje natural con un vuelo simulado que ofrece sin complejos sus costuras. Vemos pajaritas o mariposas de origami invadiendo lugares a través de la ilusión de unos movimientos ficticios fruto de la disposición de los elementos en el espacio y de la trampa que tenemos asociada visualmente en nuestra lectura del objeto fotográfico. En este caso lo irreal de lo inmediato y lúdico recobra un sentido opuesto en su configuración al que encontrábamos en el humo, pero similar en intención. El tiempo y la ilusión dentro del mismo vuelven a ser los ejes centrales de esta teatralización real de nuevo acertadamente apoyada en el efectismo de lo ilusorio visual. Esos animales, construidos por la misma mano que los dispone y que luego los recrea, mira y fija en papel emulsionado, son habitantes de esa misma cabaña y parecen dirigirse una y otra vez a ella o volar hacia la caverna original donde las sombras dieron lugar al pensamiento sobre el mundo.  En otra serie llamada Cotidianidades (……..) Lola Guerrera ataja de nuevo el tiempo congelándolo a través de la ilusión de la supresión del color y de la piel de las cosas en las que recae la luz que da sentido a todo. Para ello envuelve en papel unos escenarios narrativos a los que anula su sentido de realidad al ficcionalizar su función: todo aparece recubierto de un papel blanco que los envuelve respetando toda su forma y estructura. Una trampa visual más con la que construir metáforas que jueguen con el tiempo y con nuestra percepción del mismo a través de la imagen que nos ofrece el siempre mágico elemento fotográfico.

 

Y llegamos al trabajo que ahora se presenta, Lo Vulnerable, y en él encontramos de base las mismas obsesiones anteriores ahora desarrolladas en un concepto e idea mucho más trascendental y sin duda mucho más espiritual. Hablar frente a frente con este concepto es entablar una relación con la esencia de una humanidad absorta en si misma que no deja de buscar una salida a las preguntas esenciales para las que no existen repuestas. Una y otra vez, en todas las culturas, la vulnerabilidad de la vida ha sido la base en la que se han sustentando los compartimientos e ideologías, el lugar del que no se puede escapar y al que irremediablemente siempre se llega. Han sido las religiones, con su connivencia con las representaciones artísticas de toda índole, quien más han indagado - obviamente junto a la filosofía- sobre esta cuestión, de tal forma que se han apropiado siempre de ella y se han autoproclamado los valedores de unas hipotéticas claves que ofrecen el sentido para asumir lo que por otra parte es inevitable. Vanitas, que nos hablan de la vacuidad de todo lo que vemos y sentimos, de lo insignificante de cualquier elemento o sensación cuando está frente a la sombra del todo tiempo. La Historia del Arte, tal y como la conocemos, se puede entender como un diálogo entre las formas creadas y la lucha por su permanencia imposible. Empecemos en las pinturas rupestres y veamos restos de ritos, pero al mismo tiempo sintamos una lucha contra  la fugacidad y un diálogo desde otro umbral más profundo del entendimiento de las cosas. Sigamos en la primeras culturas de oriente y sus grandes primeras ciudades y observemos, por ejemplo, esas inmensas pirámides que desafían al tiempo o de una forma más sutil esos rostros ,ya de época posterior, que encontramos en las pinturas fúnebres egipcias de Al-fayum, primeros retratos de absoluta contemporaneidad realizados hace más de dos  mil años; no olvidemos el mármol y el bronce de las estatuas griegas y romanas y luego el miedo y tenebrismo inducido en toda la edad media y así hasta llegar al diálogo literal que ya en el barroco se produce de una forma constante y que genera un género propio dentro de la creación humana: la vanitas, la obra que tiene como objetivo esencial dejar constancia de la fugacidad de todo, recordando que siempre llegaremos a ser una calavera, que el tiempo no se detiene en el reloj, que la fruta madura y se pierde siempre y que sobre todo la belleza y fulgor de las flores es siempre algo efímero.  Serán estas flores el primer elemento que Lola Guerrera contemplará para realizar su reflexión. Flores que aparecen tanto desde elementos propios arrancados de la naturaleza para su contemplación, como desde la representación de la misma a través de fotografías o dibujos reproducidos para el consumo masivo en nuestro mundo. Siempre flores del bien para embellecer la vida y que, sin embargo, ahora en la obra de Lola Guerrera son sustraídas o eliminadas y sustituidas por un hueco monocromo unitario que ofrece un espacio huero en la contemplación de las escenas en las que aparecían. Flores atrapadas en una campana de cristal, pegadas a un rostro queriendo ser piel, reconstruidas en la composición de una imagen fotográfica e incluso rezumando en su propia representación. En mitad de ello, una Ofelia peculiar, una antiofelia posiblemente, a la que se le han arrebatado las flores: en un charco, una figura masculina introduce su cara en el agua cristalina y llena de vegetación y parece mantener un diálogo frente a frente con la naturaleza. Ya no hay mujer muerta, ni víctima y han desaparecido las flores que acompañaban la fatalidad impuesta sobre la figura esencial de la vanitas romántica. Ofelia, como en tantas otras ocasiones, se revela y se convierte en algo no esperado y sobre todo algo que dialoga de una forma diferencial con la fatalidad impuesta por una historia ya escrita.

 

 Todo son apuntes para el desarrollo de un trabajo en proceso que difícilmente podrá delimitarse como lo fueron las series anteriores. El mundo se llena de formas e imágenes posibles y todas hablan del tiempo. No parece haber otra salida posible para comprender la situación y no caer en la locura que  la cabaña de la seguridad de nuestro hogar parece ofrecernos, la misma cabaña mágica que nos aguarda siempre en cada uno de nuestros capítulos vitales y que nos recuerda que la vía de la ficción, de la trascendencia diferencial de las cosas, es decir , la vía irracional y mágica, es el espacio del entendimiento en el que poder comprender lo que desde este lugar nosotros solo entendemos como preguntas. Una vez allí lo sentimos  como  un estadio propio y autónomo que es la salida que el ser humano ha buscado para no caer en la definitiva e ingobernable locura de vivir y desarrollarse en un mundo con unos preceptos tan absolutos e incontestables. El planeta Melancolía no cesa de acercarse nunca.

 

 

Rafael Doctor Roncero