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refugio

Refugio

Sala CajaSol - Sevilla

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Un lugar en el mundo - Exposición comisariada por Mariana Hormaechea. Sala CajaSol (8 Septiembre - 9 Octubre 2016) 

     Vivimos en una sociedad en donde la emergencia de los espacios sin límites de la globalización y la diversificación de los modos de vida junto con la explosión de la tecnología y de Internet hace que sea posible estar en varios sitios a la vez y que por todo ello el sujeto contemporáneo pueda experimentar la sensación de pérdida de sí mismo. De esta pérdida de orientación surge el interés en el individuo por reencontrarse con la sensación de intimidad y de protección que se experimenta en el refugio como lugar de amparo.
     La exposición Un lugar en el mundo[1] se centra en esa idea de refugio para abordar cuestiones actuales como son las relacionadas con la casa como hogar y la problemática actual de la vivienda, con el viaje como movimiento migratorio y espacio fértil de creatividad, y con el arte como experiencia estética, a través del trabajo de diez artistas andaluces nacidos a partir de los ochenta como son David Escalona, Sonia Espigares, Fuentesal & Arenillas, Lola Guerrera, Cristina Mejías, Miguel Ángel Moreno Carretero, Alba Moreno & Eva Grau, Mercedes Pimiento, Óscar Romero y Beatriz Ros, cuyos proyectos inciden en ello desde distintas perspectivas y modos de hacer.
Frente al desamparo que rodea al individuo en la sociedad contemporánea la casa podría funcionar como prolongación del cuerpo, sedimentar el mundo interior y no sólo albergar un lugar de reposo sino también de seguridad y confianza aunque al mismo tiempo de fragilidad. La casa llega a ser por ende nuestro cobijo, nuestra morada, nuestro refugio, nuestro primer universo, es realmente un cosmos. En relación a esto, podemos referirnos entonces a la casa-refugio, habitable como lugar de retiro en busca de lo íntimo, de la cual salir y entrar para volver a resguardarse en ella. Bachelard en La poética del espacio (1958) señala que al refugio como origen se vuelve siempre; se sueña con volver como el pájaro a su nido. Por ello, las imágenes del nido y de la casa-refugio llevan consigo el valor íntimo de la fidelidad.
La casa-refugio entendida como lugar de repliegue y en ocasiones como fortaleza o muralla frente al exterior potencia la necesidad contemporánea de poseer, usar y habitar una vivienda propia, objetivo que responde al consumismo en el que estamos inmersos. Un anhelo éste que se vuelve doliente por las consecuencias que devienen de las estrategias del mercado y del golpe que supuso en nuestro país el pinchazo de la burbuja inmobiliaria en la época del boom. 
     La imagen actual de las personas que emigran poco tiene que ver con la de aquellos que con maletas de cartón partían en los años sesenta hacia Europa en busca de trabajo y una vida mejor. Podemos decir que la crisis económica global y particularmente la nacional, desencadenada, entre otros, por los motivos ya mencionados, es responsable de que los españoles ahora vuelvan a ser emigrantes: el desempleo juvenil en estos momentos ronda el cincuenta por ciento y si no fuera por la fuerte emigración de la juventud que se ha producido durante los últimos años la tasa de paro arrojaría cifras aún más altas. La crisis ha convertido lo que en épocas de bonanza era una oportunidad para formarse o trabajar en el extranjero en una obligación, siendo el viaje un refugio “temporal” para los españoles y también para algunos agentes del paradigma cultural de nuestro país. Podríamos decir que la imagen del artista viajero de hoy no es tan positiva como la que se desprendía allá por el 2000 con la exaltación de la diáspora, cuando explosionaban las ideas (y fantasías) igualitarias de facilidad en los tránsitos y en la movilidad sin límites, junto a la “bondad” de la globalización, ya que hoy, a diferencia de aquellos tiempos, el artista encuentra en el viaje un refugio como concha protectora, caparazón, nido, rincón, crisálida, escondite -casi una prolongación del seno materno u origen- en dondetambién tienen lugar la fragilidad, el terror y la soledad del migrante.
 
     El artista como sujeto contemporáneo en un mundo despersonalizado como el nuestro experimenta la sensación de desorientación de sí mismo como unidad perdida entre el ser y el mundo. A través del arte como experiencia estética éste podría buscar la manera de construir otros universos para habitar refugios íntimos y frágiles como protección de otros mundos más oscuros; lugares donde replegarse en sí mismo y hallar sosiego. John Dewey escribía en El arte como experiencia (1934) que “la criatura viva (el hombre) pierde y restablece alternativamente el equilibrio con su entorno y el momento de tránsito de la perturbación a la armonía es el de vida más intensa”. Quizá el arte como experiencia estética responda a ese momento de tránsito como un refugio sanador en el que resguardarse. Dewey continuaba diciendo que: “en un mundo acabado, el sueño y el despertar no podrían distinguirse; en uno completamente perturbado no se podría ni siquiera luchar con sus condiciones; en un mundo como el nuestro, los momentos de plenitud jalonan la experiencia como intervalos rítmicamente gozados”.
Mariana Hormaechea
 
[1]  La exposición toma su título de la película Un lugar en el mundo (1992) de Adolfo Aristarain.