UN JARRÓN CON FLORES CONTIENE UN UNIVERSO ENTERO

Un jarrón con flores contiene un universo entero. El ciclo que conduce con el paso de los días desde la crisálida hasta el hermoso florecimiento de la mariposa, es una  resurrección que no oculta el latente marchitamiento, presente desde el principio. En la celebración de la vida  aletea la vanidad y  el recuerdo que fluye como los ríos que van a dar a la mar. La belleza de las flores, como en las edades  de la vida, es efímera. El ramo de flores nos recuerda lo fugaz, las flores ajadas vuelven a ser polvo.

La pintura de motivo floral de Ambrossius Bosschaert,  en la que prevalece una armónica y cuidada disposición de los colores,  tras una  apariencia de lámina botánica, contiene  la sucesión de las cuatro estaciones  y la tormenta que se desata con furia  y agita  los cuatro elementos - aire, fuego, agua , tierra -  que conforman todas las cosas conocidas y  desencadena las potencias creadoras de Lola Guerrera, quien partiendo de los pétalos desprendidos  de esas flores, genera una nueva nebulosa.

La inocencia aparente de las flores,  motivo de  bienvenida a quienes invitamos a aproximarse a la orilla de nuestras tierras,  encierra trampas para los huéspedes que se detienen  atraídos por su  alabanza de la belleza y engañados los sentidos, creen  oler su aroma y gozar de la hermosura del  círculo cromático de sus colores.

 El jarrón de cristal reposa en el marco de una ventana que encuadra un paisaje  en el que se recortan torres de ciudades azules en el dilatado  horizonte, entre bosques y brumas. Sobre la repisa un clavel en su plenitud y otro aún promesa de florecimiento, dos gotas casi imperceptibles de rocío como dos lágrimas, una mosca y dos caracolas marinas, que encierran las tensiones de la vida y la muerte, de lo bueno y lo malo, de lo bello y lo feo. Las hojas escriben  un mensaje cifrado en las máculas de su imperfección.

 El hermoso cristal no deja ver el agua, solo un mazo de tallos verdes, anuncio de una Ofelia que se enreda en los juncos del río, y que en este  nuevo mundo ideado por la artista,  no será mujer sino presencia masculina.  Sobre el vidrio y  entre los adornos de perlas azules,  dos rostro en medallones de bronce parecen aullar un grito mudo.

El bodegón  floral no ha dejado nada al azar y es portador de  un mensaje enigmático en  un mundo cerrado, como el  que va generando Lola Guerrera, al encadenar unas imágenes disonantes con otras, que se van ordenando por similitud de las formas o  por gamas cromáticas, mediante  reglas secretas que le organizan de nuevo. Poco a poco va  edificando un universo propio, donde es posible construirse una choza india  donde refugiarse del choque de los planetas.

En este tipi habita quien se piensa a sí  mismo y quien ha logrado controlar el lenguaje de la naturaleza. La choza que vemos construida sobre una cama deshecha  de sábanas blancas,  puras, puede ser refugio seguro o  rompeolas de todos los miedos e inseguridades, el lugar más íntimo y a la vez el  más inhóspito. Un espacio secreto y oscuro alzado en el interior de una alcoba donde la luz crea una atmósfera mágica.

Es  una casa que hay que aprender a habitar y habitándola,  preñaremos de sentimientos el paisaje y dotaremos de emoción al caos que desencadena la propia creación.

El ramo se construye simbólicamente armonizando el noble tulipán, que nace de las lágrimas vertidas en el desierto por una amada que se aventura buscando a su amante, con  la pureza de la azucena,  nacida  de la leche derramada por  Hera al amamantar a Heracles o con los Jacintos que crecen  de la sangre vertida de Áyax. El dolor y el misterio acompañan el  ejercicio de  creación de cada mundo posible,  salido del ensueño. El universo de Lo Vulnerable va enhebrando fuegos artificiales, bengalas, buganvillas, hierbas, hiedras, ramas curvadas, musgos y ríos, con lunas, planetas e infinitas estrellas,  como el ramo de flores que se compone conteniendo todos los misterios.

Este trabajo de Lola Guerrera es un camino en el que se entrecruzan  las vidas de un hombre y una mujer, vidas que se encuentran por azar,   y provocan, en su choque,  la alteración del destino, la modificación del tiempo y el espacio en el devenir de su historia.

Por esta selva  hay que adentrarse con todos los sentidos alerta. En esta naturaleza  nos encontramos con un hombre al que no podemos ver el rostro, que puede retornar a los orígenes, o nacer de las aguas, como una Ofelia que enreda sus cabellos en los tallos de las flores. De la espalda podrán  haberle nacido alas o escamas la próxima vez que le devolvamos la mirada. En este nuevo paraíso,  hay una mujer que no apareció el último día de la creación, que está presente desde  la separación de  la luz de las tinieblas.   Su rostro es una máscara enigmática de flores y hojas, el de una maga,  el de una  hechicera, dadora de vida y portadora de muerte.

Las  imágenes de Lo Vulnerable forman una naturaleza muerta  que encierra la paradoja de contener los latidos del corazón vivo del paisaje interior de Lola Guerrera.  Un bodegón con rostro de mujer.  La estrategia  desarrollada para erigir  este  Jardín de las Delicias tiene un poco  de la alquimia, de  búsqueda de la esencia encerrada en la combinación de los cuatro elementos, y algo  de romanticismo alemán,  al dotar de alma a la naturaleza.

Lola Guerrera construye este mundo tan frágil,  para protegerse de otros mundos más oscuros, contra  la bilis negra,  que sólo podremos descifrar entregándonos a la fuerza de las emociones  y relegando la de la razón.  Un mundo alzado  para protegerse de la Melancolía.

Carmen Dalmau.